Mientras Matt
sacaba fotos de los cadáveres, Polo miraba a su compañero para asegurarse que no
llamara para presentar un informe. A Matt no se le daban bien las mentiras. Polo
tomó el comunicador de su bolsillo, pero decidió esperar a salir de la fábrica.
La presencia
de la Dinastía todavía preocupaba a Polo. Lo peor no era la sangre que habían derramado
en el departamento del shaler, ni el asesinato de Donning; lo peor era más bien
las incandescentes luces azules de la patrullas. Estaban ahí de vuelta,
merodeando en los alrededores. El frío aire de la madrugada despertó la piel de
Polo, sacándolo de su cavilación.
—¿Tenes algo
en mente? —preguntó Matt, en la última etapa de su resaca.
—No, nada.
Quizás si no fueras adicto a lamer el fondo de los vasos seríamos dos cabezas
pensando —gruñó Polo, buscando algún cigarro perdido en su campera.
—No entremos
en eso —suspiró Matt, sacudiendo la cabeza—. Ahora no.
El humano
también suspiró.
—La reputísima
madre —insultó Polo. Llevó una mano a su rostro y otra a su cadera. Las luces
azules rebotaban ahora en sus pupilas; en algún lugar de su cabeza, un puñado
de neuronas habían encontrado algo muy parecido a una coartada—. Voy a llamar a
Antena —dijo, un poco más confiado. Tomó el comunicador y buscó en sus
contactos. La pantalla se puso en negro mientras Polo esperaba la respuesta de
su superior.
—Reloj —saludó
Antena, en un tono tan seco que el humano pensó que ya sabía todo lo que había
pasado. La videollamada permitía que se vieran los rostros, así que Polo no
podía dudar.
—Antena —dijo
Polo, sin titubeos—. Donning no va a volver a respirar. —Su jefe soltó una pequeña
risa, aunque se esfumó enseguida—. Pero no fue todo color de rosa. La Dinastía
intervino y confirmamos la baja del Trueno. —Al comunicarle esto a Antena, Polo
se tapó la cara—. Estamos sin transporte y con las patrullas en nuestros
talones.
Mientras
Antena se quedaba en silencio, Polo empezó a caminar más rápido y señalaba y
balbuceaba cosas a Matt, para dar la sensación de que estaban apurados. Las
luces azules estaban cerca, pero desde que se le cruzó la idea de meter a la Dinastía
en el medio para ensuciar la coartada, la noche empezaba a tener otro olor.
—Excelente
trabajo, ustedes dos. Lo del Trueno era algo lamentablemente anticipado
—suspiró Antena, y la pantalla se apagó. A Polo le dio la sensación de que lo
del Trueno estaba tan previsto como lo de Donning.
Matt quiso
decir algo, pero quedó con la boca abierta, señalando hacia adelante; expresión
que a Polo se le hizo infinitamente idiota. El humano meneó la cabeza y caminó
en la dirección que le señalaba su compañero.
—Creo que
zafamos —aseguró Polo, con una pequeña sonrisa. Quería llegar a un taxi de una
vez para dejar atrás a la Dinastía.
—Siempre tenes
ideas para mentir —dijo Matt, con la mirada un poco consternada, empezando a
tomar dimensión de las últimas horas.
—No sé cómo
aprendí a mentir... quiero decir, no fue en esta vida. Es algo así como memoria
muscular del pasado.
—De alguna
manera, entiendo lo que decís —dijo Matt, abriendo la puerta izquierda del taxi
y dejando pasar al humano. Marcada la dirección en la computadora, el boreano
se relajó, pegando su espalda al respaldo y respirando con los ojos cerrados.
Luego de unos largos segundos de silencio, pegó su cara al vidrio de la
ventana. Vio las luces de la dinastía desde lo alto y compartió la inquietud
que le habían generado a Polo.
La misión había
sido menos que estándar, aunque Polo había salvado un poco de cara, y esperaba
que las fotos que había tomado de los cuerpos fueran suficientes para que su
jefe no indagara en el caso.
La Dinastía les
venía bien para cubrir las cosas; sus fuerzas eran una especie de policía
mafiosa en la ciudad. Matt había escuchado una buena definición de un par de
superiores en la base. La Dinastía tenía el monopolio en generar la sensación
de protección contra la inseguridad, pero no hacían absolutamente nada para que
esta se termine. Pero sí, tenían un armamento increíble y su fama de gatillo
fácil solucionaba problemas en segundos donde AECU caía en un terreno legal
turbio.
La Dinastía
les había venido bien. Ahora Matt tenía mayor libertad para informar sobre las
actividades que cometían.
Mirando
meditar a su compañero en el taxi, Polo dio por sobre entendido que debía
protegerse mejor el culo. Matt El Ladrillo anhelaba cosas distintas a él. Mientras
empañaba el vidrio con su aliento, Matt se convencía cada vez más de que el
humano no debía saber nada de la información que enviaba a AECU.
La base estaba
ubicada en pleno centro de la ciudad; un rascacielos, camuflado como oficinas
que trabajaban todo el día. Toda la mitad superior era de Sonrisas. Era un
largo viaje hasta los pisos de la organización, por lo que había atajos en la
planta baja.
El humano
había repasado todos los detalles durante los diez minutos del viaje. Los otros
diez se los pasó pensando en podría fumar hasta dormirse. Necesitaba un par de
caladas, aunque tuviera que armar tabaco hasta que su prótesis explotara.
El primer
pasillo a la izquierda, la puerta de madera con el vidrio opaco. V6, decían las
letras amarillas pegadas ahí.
La oficina se
encontraba vacía, aunque el olor a café recién hecho rebalsaba el lugar. Una
taza marrón humeante descansaba sobre el primer escritorio. Polo uso la mano
que todavía le era humana para indicarle la impresora a Matt.
Un silencio
sepulcral se había asentado entre los dos desde el taxi. Ahora, este sólo era
interrumpido por la tinta deslizándose en el papel de la impresora mientras
Matt imprimía las fotos que habían tomado. Reloj se sentó frente al escritorio
y tomó el atrevimiento de robar un sorbo de la taza. El boreano se giró hacía
él.
—Odio el café
—dijo Matt.
—Sí, prefiero
mi tabaco —respondió Polo, dejando la taza de café—. Hey, ¿qué me ibas diciendo
antes de subir al taxi?
—¿Eh? —dijo
Matt, concentrado en la impresora.
—Cuando hablábamos
de mi memoria muscular.
—Ah, sí
—asintió Matt—. No puedo poner una fecha puntual como en tu caso, pero me
encuentro con destellos similares. Son cómo cosas que no encajan. Como si no
encajaran conmigo. Claro que no son cosas como mentir, no tanto con las habilidades,
yo solo puedo recibir balazos. —Matt terminó con una pequeña risa.
—¿Estas bien?
Es la primera vez que hablas más de cuatro sílabas —bromeó Polo.
—Sí, estoy
bien. Son los milagros del alcohol —dijo El Ladrillo, terminando con las fotos
y guardándolas en un sobre de papel madera.
La espera no
se prolongó mucho más. Un humano entró en la oficina con la cabeza baja,
clavada en la taza de café. No estaba esperando visitas.
—¿Reloj? —preguntó,
con un tono dramáticamente sorprendido—. Y el Ladrillo, ¿no?
Ambos
asintieron lentamente y estrecharon manos con el visitante, una vez aclaró que
venía en nombre de Antena. El enviado hablaba con calidez y carisma, cualidades
única dentro de esas oficinas. Ritmo vestía de manera elegante, haciendo juego
con su habla. Sin esperar más palabrería, Matt le alcanzó el sobre con las
fotos.
—Creo que todo
lo que necesitas está acá —dijo el Ladrillo, queriendo terminar el día de una puta
vez.
—No, tienen
que pasar a aquella oficina —dijo Ritmo. Tomó un sorbo de café y señalo con la
cabeza detrás de él—. Hoy en día las fotos no son más que una formalidad. —A
Matt se le heló la sangre.
—Por supuesto —dijo
Polo—. No podemos dejar la muerte de un compañero así —Apelaba a su simpatía; entre
humanos se solían crear vínculos de confianza casi de inmediato. Aunque el
Reloj nunca había entendido por qué era así. Para él, todos compartían las
mismas características: respiraban hasta que un día dejaban de hacerlo.
Ritmo los guió
hasta uno de los despachos más alejados de la planta baja. La puerta ya estaba abierta
y las luces encendidas. Sobre un escritorio había un desastre de hojas, pero su
superior no se disculpó por el desorden; solo corrió todas las hojas con el
antebrazo. Ritmo los invitó a tomar asiento, y el boreano aceptó pero el humano
prefirió quedarse parado. Polo sabía que era más fácil que te descubrieran
mintiendo si estabas sentado.
Mientras Ritmo
abría el sobre y lo volcaba en la mesa, Polo le preguntó si tenía un cigarro.
Ritmo sacudió la cabeza, imitando la cara de Matt al referirse al café.
—Fue un baño
de sangre, eh… —dijo Ritmo, levantando las cejas mientras miraba las fotos.
—Sí,
prácticamente fuimos espectadores —dijo Polo—. El trueno mató a todos los
hombres de Donning, hasta que este se atrinchero en un despacho y mató al
Trueno.
—¿Por qué no lo
ayudaron?
—No fue
posible. Estaba trabajando solo. Seguramente por todo ese complejo de los
shaler y ese cliché.
—Ah, sí. Lo de
siempre… los shaler me tienen los huevos al plato.
—No tomamos
créditos de nada, salvo el tiro que le pusimos a Donning.
Un portazo los
sacó de contexto a los tres. Otro boreano apareció en la escena y se hizo camino
hasta el escritorio.
—¿Dónde está
mi socio? —dijo el boreano, golpeando sus pesadas manos contra la mesa. Su
superior hizo girar las fotos para mostrárselas.
—Ahí —dijo
Ritmo, frio. El boreano bufó enfurecido.
—¿El cuerpo?¿Dónde
está el cuerpo?
Ritmo levantó
los ojos hacia Polo. El Reloj no movió ni un músculo de su cara.
—Lo que tu
socio hizo fue como un suicidio. El cuerpo debería estar en poder de la
Dinastía ahora mismo.
—¿Cómo? —gritó
el boreano, golpeando la pared, poniéndose a centímetros de Polo—. ¿Cómo llego
La Dinastía ahí?
—¡Ion! Calma —exclamó
Ritmo, perdiendo la calma. —Ion era muy parecido a Matt, pero su cuerpo robusto
estaba cubierto por manchas de un negro opaco.
Polo intentó
encontrar alguna buena excusa para mantener la coartada, pero su lengua estaba
trabada. Entonces Matt decidió hablar.
—Un tipo sopló
sobre un familiar de Donning. Lo visitamos y nos dijo donde estaba su pariente,
pero tuvimos que ponerle un tiro en la cabeza —Matt se puso de pie—. Despues de
eso apareció la Dinastía.
—Después del
tiroteo estaban demasiado cerca de la fábrica —continuó Polo—. No había manera
de arrastrar un cuerpo hasta la base.
El boreano Ion
se alejó de Polo y volvió a bufar. El bufido se acercaba más al motor de una
nave espacial que a los pulmones de un ser vivo. Preguntó por la ubicación de
la morgue de La Dinastía y Ritmo contestó rápidamente. La escena se calmó cuando
Ion dejó la oficina, dando pasos que hacían sentir sus doscientos kilogramos.
—Cómo me
gustaría sacarle los ojos —dijo el superior, dándole un sorbo a su taza. Polo y
Matt se quedaron callados. Ritmo acomodó las fotos en el sobre y se puso de pie—.
Ustedes dos, váyanse. No veo razón de tenerlos acá por la negligencia del shaler.
Ambos
asintieron con la cabeza.
—A propósito,
¿quién tomó las fotografías? Tienen muy buenos ángulos. —dijo Ritmo, sentándose
y volviendo a tomar del café.
Afuera, la
madrugada parecía no morir jamás. Junto con ella, el frío no hacía más que
ganar terreno. Los dos compañeros cruzaron miradas preocupadas al salir de la
base.
Ion parecía
capaz de ir hasta la morgue para encontrar el cuerpo de su socio muerto. Socio
qué tenía una bala del calibre de la pistola de Polo en su entrecejo. Cualquier
detalle que se agregara podía poner en jaque la coartada del dúo, la coartada sobre
su pasado y sus cuellos.
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