domingo, 29 de mayo de 2016

7



Mientras Matt sacaba fotos de los cadáveres, Polo miraba a su compañero para asegurarse que no llamara para presentar un informe. A Matt no se le daban bien las mentiras. Polo tomó el comunicador de su bolsillo, pero decidió esperar a salir de la fábrica.
La presencia de la Dinastía todavía preocupaba a Polo. Lo peor no era la sangre que habían derramado en el departamento del shaler, ni el asesinato de Donning; lo peor era más bien las incandescentes luces azules de la patrullas. Estaban ahí de vuelta, merodeando en los alrededores. El frío aire de la madrugada despertó la piel de Polo, sacándolo de su cavilación.
—¿Tenes algo en mente? —preguntó Matt, en la última etapa de su resaca.
—No, nada. Quizás si no fueras adicto a lamer el fondo de los vasos seríamos dos cabezas pensando —gruñó Polo, buscando algún cigarro perdido en su campera.
—No entremos en eso —suspiró Matt, sacudiendo la cabeza—. Ahora no.
El humano también suspiró.
—La reputísima madre —insultó Polo. Llevó una mano a su rostro y otra a su cadera. Las luces azules rebotaban ahora en sus pupilas; en algún lugar de su cabeza, un puñado de neuronas habían encontrado algo muy parecido a una coartada—. Voy a llamar a Antena —dijo, un poco más confiado. Tomó el comunicador y buscó en sus contactos. La pantalla se puso en negro mientras Polo esperaba la respuesta de su superior.
—Reloj —saludó Antena, en un tono tan seco que el humano pensó que ya sabía todo lo que había pasado. La videollamada permitía que se vieran los rostros, así que Polo no podía dudar.
—Antena —dijo Polo, sin titubeos—. Donning no va a volver a respirar. —Su jefe soltó una pequeña risa, aunque se esfumó enseguida—. Pero no fue todo color de rosa. La Dinastía intervino y confirmamos la baja del Trueno. —Al comunicarle esto a Antena, Polo se tapó la cara—. Estamos sin transporte y con las patrullas en nuestros talones.
Mientras Antena se quedaba en silencio, Polo empezó a caminar más rápido y señalaba y balbuceaba cosas a Matt, para dar la sensación de que estaban apurados. Las luces azules estaban cerca, pero desde que se le cruzó la idea de meter a la Dinastía en el medio para ensuciar la coartada, la noche empezaba a tener otro olor.
—Excelente trabajo, ustedes dos. Lo del Trueno era algo lamentablemente anticipado —suspiró Antena, y la pantalla se apagó. A Polo le dio la sensación de que lo del Trueno estaba tan previsto como lo de Donning.
Matt quiso decir algo, pero quedó con la boca abierta, señalando hacia adelante; expresión que a Polo se le hizo infinitamente idiota. El humano meneó la cabeza y caminó en la dirección que le señalaba su compañero.
—Creo que zafamos —aseguró Polo, con una pequeña sonrisa. Quería llegar a un taxi de una vez para dejar atrás a la Dinastía.
—Siempre tenes ideas para mentir —dijo Matt, con la mirada un poco consternada, empezando a tomar dimensión de las últimas horas.
—No sé cómo aprendí a mentir... quiero decir, no fue en esta vida. Es algo así como memoria muscular del pasado.
—De alguna manera, entiendo lo que decís —dijo Matt, abriendo la puerta izquierda del taxi y dejando pasar al humano. Marcada la dirección en la computadora, el boreano se relajó, pegando su espalda al respaldo y respirando con los ojos cerrados. Luego de unos largos segundos de silencio, pegó su cara al vidrio de la ventana. Vio las luces de la dinastía desde lo alto y compartió la inquietud que le habían generado a Polo.
La misión había sido menos que estándar, aunque Polo había salvado un poco de cara, y esperaba que las fotos que había tomado de los cuerpos fueran suficientes para que su jefe no indagara en el caso.
La Dinastía les venía bien para cubrir las cosas; sus fuerzas eran una especie de policía mafiosa en la ciudad. Matt había escuchado una buena definición de un par de superiores en la base. La Dinastía tenía el monopolio en generar la sensación de protección contra la inseguridad, pero no hacían absolutamente nada para que esta se termine. Pero sí, tenían un armamento increíble y su fama de gatillo fácil solucionaba problemas en segundos donde AECU caía en un terreno legal turbio.
La Dinastía les había venido bien. Ahora Matt tenía mayor libertad para informar sobre las actividades que cometían.
Mirando meditar a su compañero en el taxi, Polo dio por sobre entendido que debía protegerse mejor el culo. Matt El Ladrillo anhelaba cosas distintas a él. Mientras empañaba el vidrio con su aliento, Matt se convencía cada vez más de que el humano no debía saber nada de la información que enviaba a AECU.
La base estaba ubicada en pleno centro de la ciudad; un rascacielos, camuflado como oficinas que trabajaban todo el día. Toda la mitad superior era de Sonrisas. Era un largo viaje hasta los pisos de la organización, por lo que había atajos en la planta baja.
El humano había repasado todos los detalles durante los diez minutos del viaje. Los otros diez se los pasó pensando en podría fumar hasta dormirse. Necesitaba un par de caladas, aunque tuviera que armar tabaco hasta que su prótesis explotara.
El primer pasillo a la izquierda, la puerta de madera con el vidrio opaco. V6, decían las letras amarillas pegadas ahí.
La oficina se encontraba vacía, aunque el olor a café recién hecho rebalsaba el lugar. Una taza marrón humeante descansaba sobre el primer escritorio. Polo uso la mano que todavía le era humana para indicarle la impresora a Matt.
Un silencio sepulcral se había asentado entre los dos desde el taxi. Ahora, este sólo era interrumpido por la tinta deslizándose en el papel de la impresora mientras Matt imprimía las fotos que habían tomado. Reloj se sentó frente al escritorio y tomó el atrevimiento de robar un sorbo de la taza. El boreano se giró hacía él.
—Odio el café —dijo Matt.
—Sí, prefiero mi tabaco —respondió Polo, dejando la taza de café—. Hey, ¿qué me ibas diciendo antes de subir al taxi?
—¿Eh? —dijo Matt, concentrado en la impresora.
—Cuando hablábamos de mi memoria muscular.
—Ah, sí —asintió Matt—. No puedo poner una fecha puntual como en tu caso, pero me encuentro con destellos similares. Son cómo cosas que no encajan. Como si no encajaran conmigo. Claro que no son cosas como mentir, no tanto con las habilidades, yo solo puedo recibir balazos. —Matt terminó con una pequeña risa.
—¿Estas bien? Es la primera vez que hablas más de cuatro sílabas —bromeó Polo.
—Sí, estoy bien. Son los milagros del alcohol —dijo El Ladrillo, terminando con las fotos y guardándolas en un sobre de papel madera.
La espera no se prolongó mucho más. Un humano entró en la oficina con la cabeza baja, clavada en la taza de café. No estaba esperando visitas.
—¿Reloj? —preguntó, con un tono dramáticamente sorprendido—. Y el Ladrillo, ¿no?
Ambos asintieron lentamente y estrecharon manos con el visitante, una vez aclaró que venía en nombre de Antena. El enviado hablaba con calidez y carisma, cualidades única dentro de esas oficinas. Ritmo vestía de manera elegante, haciendo juego con su habla. Sin esperar más palabrería, Matt le alcanzó el sobre con las fotos.
—Creo que todo lo que necesitas está acá —dijo el Ladrillo, queriendo terminar el día de una puta vez.
—No, tienen que pasar a aquella oficina —dijo Ritmo. Tomó un sorbo de café y señalo con la cabeza detrás de él—. Hoy en día las fotos no son más que una formalidad. —A Matt se le heló la sangre.
—Por supuesto —dijo Polo—. No podemos dejar la muerte de un compañero así —Apelaba a su simpatía; entre humanos se solían crear vínculos de confianza casi de inmediato. Aunque el Reloj nunca había entendido por qué era así. Para él, todos compartían las mismas características: respiraban hasta que un día dejaban de hacerlo.
Ritmo los guió hasta uno de los despachos más alejados de la planta baja. La puerta ya estaba abierta y las luces encendidas. Sobre un escritorio había un desastre de hojas, pero su superior no se disculpó por el desorden; solo corrió todas las hojas con el antebrazo. Ritmo los invitó a tomar asiento, y el boreano aceptó pero el humano prefirió quedarse parado. Polo sabía que era más fácil que te descubrieran mintiendo si estabas sentado.
Mientras Ritmo abría el sobre y lo volcaba en la mesa, Polo le preguntó si tenía un cigarro. Ritmo sacudió la cabeza, imitando la cara de Matt al referirse al café.
—Fue un baño de sangre, eh… —dijo Ritmo, levantando las cejas mientras miraba las fotos.
—Sí, prácticamente fuimos espectadores —dijo Polo—. El trueno mató a todos los hombres de Donning, hasta que este se atrinchero en un despacho y mató al Trueno.
—¿Por qué no lo ayudaron?
—No fue posible. Estaba trabajando solo. Seguramente por todo ese complejo de los shaler y ese cliché.
—Ah, sí. Lo de siempre… los shaler me tienen los huevos al plato.
—No tomamos créditos de nada, salvo el tiro que le pusimos a Donning.
Un portazo los sacó de contexto a los tres. Otro boreano apareció en la escena y se hizo camino hasta el escritorio.
—¿Dónde está mi socio? —dijo el boreano, golpeando sus pesadas manos contra la mesa. Su superior hizo girar las fotos para mostrárselas.
—Ahí —dijo Ritmo, frio. El boreano bufó enfurecido.
—¿El cuerpo?¿Dónde está el cuerpo?
Ritmo levantó los ojos hacia Polo. El Reloj no movió ni un músculo de su cara.
—Lo que tu socio hizo fue como un suicidio. El cuerpo debería estar en poder de la Dinastía ahora mismo.
—¿Cómo? —gritó el boreano, golpeando la pared, poniéndose a centímetros de Polo—. ¿Cómo llego La Dinastía ahí?
—¡Ion! Calma —exclamó Ritmo, perdiendo la calma. —Ion era muy parecido a Matt, pero su cuerpo robusto estaba cubierto por manchas de un negro opaco.
Polo intentó encontrar alguna buena excusa para mantener la coartada, pero su lengua estaba trabada. Entonces Matt decidió hablar.
—Un tipo sopló sobre un familiar de Donning. Lo visitamos y nos dijo donde estaba su pariente, pero tuvimos que ponerle un tiro en la cabeza —Matt se puso de pie—. Despues de eso apareció la Dinastía.
—Después del tiroteo estaban demasiado cerca de la fábrica —continuó Polo—. No había manera de arrastrar un cuerpo hasta la base.
El boreano Ion se alejó de Polo y volvió a bufar. El bufido se acercaba más al motor de una nave espacial que a los pulmones de un ser vivo. Preguntó por la ubicación de la morgue de La Dinastía y Ritmo contestó rápidamente. La escena se calmó cuando Ion dejó la oficina, dando pasos que hacían sentir sus doscientos kilogramos.
—Cómo me gustaría sacarle los ojos —dijo el superior, dándole un sorbo a su taza. Polo y Matt se quedaron callados. Ritmo acomodó las fotos en el sobre y se puso de pie—. Ustedes dos, váyanse. No veo razón de tenerlos acá por la negligencia del shaler.
Ambos asintieron con la cabeza.
—A propósito, ¿quién tomó las fotografías? Tienen muy buenos ángulos. —dijo Ritmo, sentándose y volviendo a tomar del café.
Afuera, la madrugada parecía no morir jamás. Junto con ella, el frío no hacía más que ganar terreno. Los dos compañeros cruzaron miradas preocupadas al salir de la base.
Ion parecía capaz de ir hasta la morgue para encontrar el cuerpo de su socio muerto. Socio qué tenía una bala del calibre de la pistola de Polo en su entrecejo. Cualquier detalle que se agregara podía poner en jaque la coartada del dúo, la coartada sobre su pasado y sus cuellos.

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