—Son
las fuerzas de La Dinastía
—gruñó Polo—. Llamaron a la puta Dinastía.
Matt
llevó su pistola a altura de sus hombros y quiso pasar a Polo.
—No
hay chance de eso, grandulón —dijo el humano, poniendo su prótesis en el hombro
del boreano—. No tenemos ni la más remota posibilidad.
El
Ladrillo intentó decir algo; sin embargo decidió por callar. Sabía
perfectamente como el etanol cambiaba su percepción de las cosas. No ignoraba
que en esas situaciones Polo se volvía la conciencia que perdía por los vasos
vacíos de los bares. No era la primera vez y tampoco la última que eso iba a
pasar.
El
humano levantó su brazo para indicar un pequeño callejón por donde podrían
escabullirse sin tantos problemas. Un pequeño laberinto de cajas, basura y
vidrios rotos los llevó hasta el lado opuesto de la manzana. Aun ahí las
sirenas se sentían demasiado cerca y las luces insistían en rebotar en cada
esquina y cada cristal de la cuadra.
Un
extraño sentimiento empezó a dar vueltas en la cabeza de Polo tan rápido como
salieron del callejón. Apuraron el paso al entrar en un segundo callejón para
empezar a dirigirse hasta la fábrica. Matt se limitó a seguir los pasos
apurados de Polo, quién no recordaba exactamente la dirección, pero creyó que
encontrar una fábrica del tamaño de una manzana y tapada en óxido no debería
ser difícil.
Las
sirenas seguían merodeando en el aire de la madrugada, poniendo intranquilo al Ladrillo
y volviendo paranoico a Polo. Tenía una pequeña corazonada de que el hecho de
matar al familiar de Donning podía llegar a terminar costando muy, muy caro.
Sentía que La Dinastía había sido invocada solamente para llenar de plomo a su
cráneo. Barajó varios escenarios posibles mientras guiaba al alcoholizado Matt.
Se vio a ellos mismo totalmente superados en número y armamento, y con un
compañero incapaz de apuntar ni a un arcoíris. Imaginó a La Dinastía tendiéndoles
una especie de emboscada dentro la fábrica, aunque prefirió descartarlo. Sonaba
demasiado elaborado, pero en su cabeza la idea de que estaban exclusivamente
tras ellos se asentó al pasar las cuadras.
—¿Es
ahí? —inquirió el boreano, señalando el edificio. Polo hubiera jurado que aún
faltaban unas cuadras.
—Sí,
éste es el lugar.
Semejante
lugar, corroído por la humedad y el tiempo, era difícil de pasar desapercibido.
Aunque ni una sola luz salía de su interior, solo pequeños reflejos de la
ciudad en sus cristales rotos. Polo seguía asegurando en su cabeza que todavía
faltaba por lo menos medio kilómetro para llegar.
Decidió
darle una fuerte palmada en la espalda a su compañero, intentando despabilarlo.
—Te
necesito en una pieza, campeón —dijo Polo, dibujando una pequeña sonrisa
forzada.
—Todavía
puedo gatillar, tranquilo —dijo Matt con un aire que ahora rebosaba de
confianza. Acompañó la frase con un pequeño ademán en su mano derecha. También
intentó guiñar su ojo, pero solo logró un parpadeo descoordinado que el humano
no vio.
La
buena noticia era que las sirenas y las luces de la dinastía ahora parecían muy
lejanas. El Reloj ahora estaba menos intranquilo. El Ladrillo ya se había
olvidado de las sirenas.
Llevaban
menos de un año trabajando con Sonrisas y volar cerraduras a balazos se había
convertido en algo de todos los días. Y esa noche no fue la excepción. Se
necesitaba poco más que un balazo en cada soporte y decir las palabras mágicas.
—Llegamos
—susurró Polo.
La
puerta se desplomó con una patada de Matt, haciendo que el estruendo retumbase
por toda la fábrica en un eco que se tornó eterno. Matt se volteó a Polo con
los ojos desorbitados, pensando que el primer paso ya había causado un desastre
total. El humano tenía la mirada clavada en la oscuridad que venía desde dentro
de la fábrica. Luego de un par de segundos notó lo que sucedía con su
compañero.
—No
nos escucharon. Este lugar es enorme —dijo el Reloj y Matt asintió.
—La
pistola… —señaló Matt.
—¿La
pistola? —preguntó Polo.
—Sacala.
Y cargala. De repente este lugar me da escalofríos.
Polo
asintió, algo confundido por la nueva apariencia de su compañero. No habían
pasado ni tres minutos desde que Matt se veía confiado como para ir frente a un
ejército. Sin embargo, sabía a qué se refería. La oscuridad que salía de la
fábrica no se parecía nada a donde vivían. Su ciudad llena de luces y reflejos.
De movimiento, gente y publicidad. Nunca nada estaba quieto o realmente muerto.
Ni siquiera el tío de Donning.
Ni
en sus sueños más profundos habían visto una oscuridad tan negra como aquella.
Polo
tomó la iniciativa y se adentró. Creía que esa oscuridad le recordaba al
hipersueño y a su vida anterior al lavado de memoria. Como si antes ese tipo de
oscuridad hubiese sido más usual. Aunque no pudiera recordar un solo nombre o
lugar concreto. Algunos recuerdos danzaban en su cabeza, pero tan rápido como
intentaba enfocarse en ellos, estos desaparecían. Era algo bastante frustrante,
pero por alguna razón a Polo jamás le importó demasiado.
Dentro
de la fábrica no corría el viento. Se respiraba un aire encerrado; daba la
sensación de estar respirando limaduras del metal corroído. Con la cantidad de
tabaco que fumaba Polo, no le dio mayor importancia y apenas sintió el olor a encierro.
Matt, en cambio, sufría bastante.
—Ésta
mierda es inclusive peor que tus putos cigarros
—aseguró Matt.
—¿Tan
preocupado te tienen tus pulmones? Se supone que sos una coraza con piernas —le
dijo Polo.
—Estoy empezando a creer que esos cigarros te
están consumiendo el cerebro, humano. Es algo bastante simple de entender; son las
varias capas de piel lo que me hace duro de matar. Capas que no existen en mis
órganos internos —dijo El Ladrillo, llevando su brazo derecho hacía sus fosas
nasales, intentando taparlas.
—Estoy
seguro que sos más bien como una muñeca rusa —contestó Polo, girando la cabeza
hacia donde pensaba que estaba Matt.
—¿Qué
carajo es una muñeca rusa? —preguntó éste con un tono agresivo—. ¡Por favor! —exclamó—. ¿No tenemos algo para alumbrarnos? Esta puta fábrica me está
sacando.
—Una
muñeca rusa es… una muñeca que dentro de sí misma lleva varias versiones más
pequeñas de ella misma —dijo Polo mientras
sacaba una pequeña linterna.
—Gracias
—suspiró Matt—. Dejame decirte que te expresas para la mierda, humano.
—Perdón
por no ser un escritor reconocido —contestó Polo, subiendo un poco el tono—. Y
basta con esa mierda de decirme humano en modo despectivo, boreano —su tono
ahora era firme. El Ladrillo no contestó.
Caminaron
en silencio hasta encontrar lo que parecía la principal área de producción, una
sala enorme con máquinas que correspondían a generaciones pasadas. Generaciones
que brillaron más, que vivieron en paz y prosperidad. Con mentes tranquilas y objetivos fijos.
Hoy
hablar de conciencia era, tal vez, el único tabú.
Allí
Polo notó cuán fuerte era el olor que llenaba el lugar. Pensó en prender un
cigarrillo y llevó su mano derecha hasta su bolsillo, dónde sólo encontró vació.
—¿Qué
hacían acá? —preguntó entonces.
—¿Estas
máquinas? Parece tecnología shaler. Creería que fabricaban módulos de gravedad —respondió
Matt.
—¿Para
cruceros espaciales o los autos? —volvió a preguntar Polo.
—¿Cruceros
espaciales? Necesitan un hangar del tamaño de la ciudad para hacer a esos bebes
—rió su compañero—. Estos simplemente hacen que los autos se deslicen por el
aire.
El
humano se limitó a asentir y seguir recorriendo el lugar. Los minutos se
llenaron sólo con el eco de sus pasos y nada ni nadie dijo presente. Pasado el
cuarto de hora dando vueltas por el taller, Matt bufó.
—¿Escuchaste
eso? —preguntó Polo, girando la linterna hacia a la cara del boreano
—¿Escuchar?
—dijo Matt, tapándose la cara—. Balbuceé algo porque estoy harto de esta mierda.
—No,
no —negó el reloj—. Un golpe claro. Algo metálico —insistió.
Sobre
el final de la frase de Polo, el ruido se repitió, aunque Matt no percibió
nada. El boreano intentó activar las neuronas que todavía estaban adormecidas y
logró escuchar la tercera repetición del aquel ruido. El humano buscaba en la
oscuridad con su linterna.
—Viene
de más arriba, es bastante claro —sentenció Matt.
—Ya
sé —dijo su compañero sacudiendo la cabeza—, pero desde que llegamos no vi una
puta escalera. —El ruido se volvió a sentir sobre el fin de la frase.
Los
sonidos metálicos se escucharon dos veces más y la última fue acompañada por un
estruendo diferente y mucho más fuerte que los de antes. Para ese momento los dos
socios se encontraban subiendo unas escaleras que Matt había encontrado.
—Hay
voces —comentó El Ladrillo.
—Son
gritos —precisó El Reloj.
Cinco
pisos más arriba se encontraron con el lugar de donde provenía el escándalo.
Polo apagó la linterna y concentró sus manos en enfundar su arma. Matt ya tenía
la suya lista.
Una
luz salía desde un salón a treinta metros. Los gritos rebotaban por todos lados,
pero era claro que debían acercarse a la luz. La puerta de metal había sido derribada
y, antes de que llegaran a ella, la sangre se hizo presente fluyendo por el
piso.
El
Trueno, de origen shaler al igual que la tecnología de la fábrica, hacía fama a
su nombre. Con su velocidad no había dejado que los hombres de Donning siquiera
sacaran sus armas, y ahora sus cuerpos se agolpaban en el cuarto frente a él. Estaba
escondido detrás de una pared, esperando su próxima chance. Llevaba una pistola
enorme con un silenciador acorde al tamaño del arma.
Lo
que alguna vez había sido la oficina del CEO daba pie a un par de cadáveres.
Sobre ellos se apoyaba un humano, una de las fuentes de los gritos. Sus
alaridos no eran los únicos, pero sí los más estremecedores. Gritaba
exclusivamente de dolor y desesperación; jamás lograba modular algo parecido a
una palabra. Tenía un balazo en el hombro; Polo no sintió empatía.
Donning
defendía su única chance de volver a ver el amanecer con un subfusil en la
mano. Disparaba a quemarropa y con miedo; disparaba sus últimas balas.
El
Trueno escuchó algo y levantó su cabeza para enfrentarse a las posibles
amenazas. Eran Matt y Polo.
Inteligentemente,
eligió apuntar al humano de piel fina en vez de al boreano y disparó. El tiro
pasó muy cerca de su objetivo, rozando el ojo derecho de Polo.
Matt
rodeó a su colega en sus brazos y se deslizó hasta detrás de una especie de
barra de madera, que en realidad era algún material brillante. Rápidamente
revisó a su compañero y confirmó que el tiro realmente había fallado.
Mientras, Donning recargaba
gracias la pequeña distracción causada entre un mismo bando; distracción que le
permitía seguir intentar sobreviviendo.
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