Matt
El Ladrillo se zampó otro vaso de etanol, que a través de las civilizaciones y
los años luz nunca dejó de ser vendido. El Ladrillo tomaba hasta le pegase,
aunque nunca llegaba a ponerlo de buen humor. No, tanto no. Su cuerpo resistía el
alcohol muy bien. Matt se contentaba con poder olvidar donde estaba. Olvidar
cuál era su nombre, de qué trabajaba… Total, ya había olvidado quien era hace
mucho. Desde antes de que empezaran a trabajar con el señor Sonrisas. Desde que
el capitán Ducrey les había dado la bienvenida en la policía de AECU, seguro.
Matt pidió otro vaso. Sí, había empezado entonces. Recordaba cuando Ducrey les
había dado un tour por la estación, y les había dado toda la charla de
propaganda… que AECU proporcionaba energía a millones de habitantes; que AECU
era una empresa positiva y con una mirada hacía al futuro, y así era como había
logrado tener la fuerza de seguridad más grande del planeta, y si el centro
estaba seguro tenía que ser gracias a AECU. Todo eso estaba muy bien.
Matt
no dejaba de ver a su compañero, quien tomaba el tour con él. Ya les habían
dicho que iban a ser compañeros. Eso era raro. Matt estaba bastante seguro de que los compañeros no se asignaban tan pronto.
Y, además, ¿no solía uno ser más experimentado que el otro? Pero su compañero
no lo era. Ambos eran nuevos. No dejaba de mirarlo. Encima, era humano… No, no. Eso era raro. Entonces
se giró hacía el capitán, porque seguía hablando, pero algo era distinto. Su
tono de voz había cambiado. Ya no les estaba dando propaganda. Estaba serio.
Entonces les dijo que miren, no van a tener el mismo entrenamiento que los
otros agentes. El tour justo había terminado en una sala vacía. Donde podían
hablar en privado, dijo el capitán. Y les explicó que ellos dos iban a tener
una misión particular. Ducrey les había explicado su misión, y Matt había
mirado el rostro de su compañero mientras escuchaban. Ese rostro no le había
gustado.
No,
no podían tener el mismo régimen que los otros policías. Su trabajo era distinto
al de todos los demás. Su entrenamiento seria preparado especialmente. Matt
apenas podía sentirse un policía. A veces pensaba que no lo era. No paraba de
hacerse la cabeza con eso. Los oficiales que los entrenaban, a él y a su
compañero, no dejaban de repetirles que pensaran en la misión. Sí, trabajaban para una empresa; Administración de
Energía en el Casco Urbano no se preocupaba por nada más que los intereses
comerciales. Pero ellos, como oficiales, podían tomarse la libertad de pensar
en lo que era correcto, quizá para hacer el trabajo más ameno. Alguno incluso
tiro la palabra justicia una o dos
veces. Debían recordar que estaban trabajando por lo que era correcto si
querían mantenerse cuerdos. Eran buenos oficiales. No habían puesto a nada
menos que los mejores para su adiestramiento. Debían aprenderlo todo. Debían
aprender todos los códigos de los criminales para poder imitarlos. La jerga de
las calles, la jerga de las bandas. Todos los códigos de la policía, para poder
evitarlos. Debían aprender cómo actuar. Debían aprender cómo decir cosas con
convicción aunque no creyeran en ellas, o aprender cuando alguien era lo
suficientemente estúpido para creer lo que dijeran de cualquier manera. Hasta
que Matt olvido cómo hablar normalmente. Olvido cómo hablar con Polo fuera del
adiestramiento. Cuando llegaba a su departamento, no sabía qué poner en la
tele. Se sentía perdido desde antes, y el trabajo no había sido la brújula que
necesitaba. Pidió otro vaso de etanol.
No
quedaba otra. No podían infiltrarse entre la gente de Sonrisas si ya se los
había fichado como policías. Tenía que tratarse de alguien que no hubiera
servido antes. Alguien moldeado desde el principio con ese fin. Que casi no
fuera un policía. Matt no había pensado en sí mismo como uno desde hacía
tiempo. Ahora tenía otro nombre. El Ladrillo, le decían. Estaba bien. Pero no
era suficiente para darle una identidad, si cada vez que veía a Polo recordaba
que esa identidad era falsa y eso daba igual a cero…
Había
pasado mucho tiempo ya. Había hecho demasiado, demasiados crímenes, como para
considerarse un policía. Tomó otro vaso. Quizá pronto le harían efecto y hasta
olvidaría donde estaba, qué día era, qué eran esos puntitos brillantes en el
cielo cuando era de noche y mirabas hacía arriba, como podía hacer en esa misma
noche… A Matt nunca le costaba olvidar las colonias de donde había venido.
Estaban atrás. Como todo sobre él. Sí, eso sería genial. Olvidar. Esa era una
noche como tantas otras. Indistinta. Por un instante todo se volvió una
bruma, y Matt solo pudo fijarse en el rumor de las conversaciones, el tintineo
de un vaso golpeando contra la barra, el raspado del saco contra su piel, un
saco que ya había perdido el color, y era demasiado caluroso para esa noche, y
el aire viciado lo hacía sudar, y había un rastro de olor a orina que ya había
llegado a relacionar con el olor del alcohol. Sus ojos empezaron a llenarse de
lágrimas. Entonces escuchó que lo llamaban.
Cuando
se dio vuelta, el bar se había callado por completo. No había ni un sonido.
Parado frente a él estaba Antena, que lo miraba con una sonrisa de agrandado.
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