domingo, 26 de julio de 2015

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Matt El Ladrillo se zampó otro vaso de etanol, que a través de las civilizaciones y los años luz nunca dejó de ser vendido. El Ladrillo tomaba hasta le pegase, aunque nunca llegaba a ponerlo de buen humor. No, tanto no. Su cuerpo resistía el alcohol muy bien. Matt se contentaba con poder olvidar donde estaba. Olvidar cuál era su nombre, de qué trabajaba… Total, ya había olvidado quien era hace mucho. Desde antes de que empezaran a trabajar con el señor Sonrisas. Desde que el capitán Ducrey les había dado la bienvenida en la policía de AECU, seguro. Matt pidió otro vaso. Sí, había empezado entonces. Recordaba cuando Ducrey les había dado un tour por la estación, y les había dado toda la charla de propaganda… que AECU proporcionaba energía a millones de habitantes; que AECU era una empresa positiva y con una mirada hacía al futuro, y así era como había logrado tener la fuerza de seguridad más grande del planeta, y si el centro estaba seguro tenía que ser gracias a AECU. Todo eso estaba muy bien.
Matt no dejaba de ver a su compañero, quien tomaba el tour con él. Ya les habían dicho que iban a ser compañeros. Eso era raro. Matt estaba bastante seguro de que los compañeros no se asignaban tan pronto. Y, además, ¿no solía uno ser más experimentado que el otro? Pero su compañero no lo era. Ambos eran nuevos. No dejaba de mirarlo. Encima, era humano… No, no. Eso era raro. Entonces se giró hacía el capitán, porque seguía hablando, pero algo era distinto. Su tono de voz había cambiado. Ya no les estaba dando propaganda. Estaba serio. Entonces les dijo que miren, no van a tener el mismo entrenamiento que los otros agentes. El tour justo había terminado en una sala vacía. Donde podían hablar en privado, dijo el capitán. Y les explicó que ellos dos iban a tener una misión particular. Ducrey les había explicado su misión, y Matt había mirado el rostro de su compañero mientras escuchaban. Ese rostro no le había gustado.
No, no podían tener el mismo régimen que los otros policías. Su trabajo era distinto al de todos los demás. Su entrenamiento seria preparado especialmente. Matt apenas podía sentirse un policía. A veces pensaba que no lo era. No paraba de hacerse la cabeza con eso. Los oficiales que los entrenaban, a él y a su compañero, no dejaban de repetirles que pensaran en la misión. Sí, trabajaban para una empresa; Administración de Energía en el Casco Urbano no se preocupaba por nada más que los intereses comerciales. Pero ellos, como oficiales, podían tomarse la libertad de pensar en lo que era correcto, quizá para hacer el trabajo más ameno. Alguno incluso tiro la palabra justicia una o dos veces. Debían recordar que estaban trabajando por lo que era correcto si querían mantenerse cuerdos. Eran buenos oficiales. No habían puesto a nada menos que los mejores para su adiestramiento. Debían aprenderlo todo. Debían aprender todos los códigos de los criminales para poder imitarlos. La jerga de las calles, la jerga de las bandas. Todos los códigos de la policía, para poder evitarlos. Debían aprender cómo actuar. Debían aprender cómo decir cosas con convicción aunque no creyeran en ellas, o aprender cuando alguien era lo suficientemente estúpido para creer lo que dijeran de cualquier manera. Hasta que Matt olvido cómo hablar normalmente. Olvido cómo hablar con Polo fuera del adiestramiento. Cuando llegaba a su departamento, no sabía qué poner en la tele. Se sentía perdido desde antes, y el trabajo no había sido la brújula que necesitaba. Pidió otro vaso de etanol.
No quedaba otra. No podían infiltrarse entre la gente de Sonrisas si ya se los había fichado como policías. Tenía que tratarse de alguien que no hubiera servido antes. Alguien moldeado desde el principio con ese fin. Que casi no fuera un policía. Matt no había pensado en sí mismo como uno desde hacía tiempo. Ahora tenía otro nombre. El Ladrillo, le decían. Estaba bien. Pero no era suficiente para darle una identidad, si cada vez que veía a Polo recordaba que esa identidad era falsa y eso daba igual a cero…
Había pasado mucho tiempo ya. Había hecho demasiado, demasiados crímenes, como para considerarse un policía. Tomó otro vaso. Quizá pronto le harían efecto y hasta olvidaría donde estaba, qué día era, qué eran esos puntitos brillantes en el cielo cuando era de noche y mirabas hacía arriba, como podía hacer en esa misma noche… A Matt nunca le costaba olvidar las colonias de donde había venido. Estaban atrás. Como todo sobre él. Sí, eso sería genial. Olvidar. Esa era una noche como tantas otras. Indistinta. Por un instante todo se volvió una bruma, y Matt solo pudo fijarse en el rumor de las conversaciones, el tintineo de un vaso golpeando contra la barra, el raspado del saco contra su piel, un saco que ya había perdido el color, y era demasiado caluroso para esa noche, y el aire viciado lo hacía sudar, y había un rastro de olor a orina que ya había llegado a relacionar con el olor del alcohol. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Entonces escuchó que lo llamaban.
Cuando se dio vuelta, el bar se había callado por completo. No había ni un sonido. Parado frente a él estaba Antena, que lo miraba con una sonrisa de agrandado.

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