jueves, 30 de julio de 2015

3



Polo solía hablarse a sí mismo en tercera persona. No lo hacía por egoísmo o vanidad, sino como resultado de sentirse un intruso en su propio cuerpo, en su propia vida. Los huecos de sus recuerdos formaban un rompecabezas que jamás podía armar. Y al final solo suspiraba y prendía otro cigarrillo.
El celular sonó y el que llamaba era Antena. Polo colgó tan pronto su superior terminó de dar las instrucciones. Las mismas eran más que claras: el sujeto en cuestión no podía estar fuera de las manos del Sr. Sonrisas ni siquiera una noche más. Y Antena reveló un dato que no le confió a Matt: no importaba demasiado si el corazón del fugitivo seguía latiendo al amanecer.
El Reloj, apodo que Polo había ganado hacía menos de dos meses, se dirigió hasta su cama y sacó su pistola de abajo de la almohada. Se vistió en un parpadeo y tomó el ascensor hasta la planta baja.
Apenas pudo aguantar hasta salir afuera para prender su vigésimo quinto cigarro del día.
Dentro su cabeza no pasaba demasiado nunca. Y si algo despertaba, su tabaco estaba ahí para matarlo. Por el momento no tenía ninguna urgencia por descubrir qué significaban esos huecos en su mente. Si bien le molestaban, no perdía su cabeza en ello ni se cuestionaba su posición. Él solo actuaba. Y muy seguido olvidaba que en realidad era un policía.
Aquel día Xion Donning debía pagar por cosas que había hecho en su pasado. Aunque Polo no tuviera ni la más remota idea de qué se tratasen. El humano ni siquiera sabía la especie del tipo en cuestión. Supuso que esa información la sabría su compañero de equipo. Antena había citado cómo punto de encuentro la primera esquina de la zona roja del distrito. No era un lugar muy agradable para un picnic familiar, pero a Polo le gustaba el aire que se respiraba. Era pesado y contaminado. Hasta peligroso si estabas en los callejones equivocados. Además, cuándo Polo estaba de visita por esas zonas nadie se había quejado nunca por el humo que exhalaba.
El Reloj llegó tres minutos antes que El Ladrillo y encontró eso cómo la excusa perfecta para prender otro cigarrillo. A pesar de la cantidad que fumaba, ni la persona más cercana a él lo había escuchado toser alguna vez.
La cara de Matt El ladrillo reflejaba las luces de neón de los negocios con un triste rictus. Caminaba con los brazos cruzados sobre su saco y se acercaba a la esquina.
—Hey —le dijo Polo, dejando salir el humo de su boca.
—Hey —respondió Matt.
—Para ser indestructible, te ves destrozado —rió Polo.
—Para ser un boludo, lo haces bárbaro —contestó el boreano. Polo se quedo mirando su rostro.
—¿Sabés? Nunca me contaste demasiado de tu piel, de tu raza, de tu cultura. Creo que fuiste el primer boreano que vi —dijo, tirando el cigarrillo lejos de él.
—Vos tampoco me contaste demasiado. De hecho, jamás me contaste como te hiciste eso —respondió Matt, señalando la prótesis robótica de su compañero.
—Desperté del hipersueño con este brazo y con un papel. Eso es todo lo que sé. Y ese mismo día te conocí.
—Polo —dijo el boreano, cambiando el tema por completo—, quiero terminar con esto rápido.
—Bien —sentenció el humano, mientras lo miraba fijo a los ojos—, hagamos esto. ¿Por dónde empezamos?
—¿Hablaste con Antena? —preguntó Matt.
—Sí, me llamó —respondió El Reloj.
—Entonces ya sabes que él viene a estos antros con una frecuencia que raya el mal gusto.
—Sí, Matt, sé todo. Lo único que no me nombro fue la especie.
—Es un… —el boreano se llevó la mano al mentón, intentando recordar—. Mierda, no sé qué especie es.
—Esto es genial… —suspiró Polo—. El Antena haciendo de las suyas, ¿eh?
—Estoy bastante seguro que nombró algo de una cicatriz en su cara. Y que Trueno también está detrás de él —dijo Matt. Luego, un silencio incómodo llenó la conversación.
Sin mucho que decir, los dos se metieron al primer bar a su izquierda, el de las luces naranja que pedían un recambio a gritos. Polo cedió el paso a una pareja humana cuándo abrió la puerta.
—Xion Donning, que nombre ridículo —comentó Reloj.
—¿Ridículo? Es solo un nombre —dijo Matt.
—Suena a comida. A un restaurante. O a un karateca que murió hace más de seiscientos años —rió Polo.
—¿De verdad estás pensando en eso cuándo no tenemos ni una pista del objetivo? —preguntó Matt.
—De hecho, sí. Es un nombre ridículo.
—Polo, no estoy de humor —dijo Matt, con un tono más que seco.
—Espero que ver a ese tipo colgado te dé una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Colgado? Sólo hay que atraparlo, Polo—aclaró el ladrillo y Polo se limitó a guardar silencio. Prefirió obviar ese pequeño detalle con su compañero.
Levantaron su vista y giraron las cabezas de izquierda a derecha de manera casi sincronizada. Un choque de miradas fue suficiente para entender que el objetivo no estaba ahí y que la noche podía ser larga. Muy larga.

2


Matt estaba borracho, pero aun así entendió lo que pasaba. Antena debía haberlo callado todo.
—¿Estas en mi cabeza, Antena?
—Sí, grandote —respondió este, y no pudo evitar reírse ante el puchero que llevaba Ladrillo—. Dale, vamos, alégrate, que nos llaman.
—Dame una mano… Antena… ¿Me das una mano? —balbuceó Matt, perdido en su borrachera, dejándose caer sobre Antena. El macho de piel azul casi se derrumba al piso, pues Matt era mucho más pesado que él, pero se las arregló para llevar una mano hasta la frente del boreano. Y entonces hizo lo que hacía para ganarse su nombre. Se metió dentro de la cabeza de Matt, dentro de sus conexiones eléctricas, y como antes había desconectado su cabeza de los sonidos del bar para que pudiesen hablar, esta vez reordenó todo, arreglando su equilibrio, haciendo que A volviese a ser A y B volviese a ser B.
Cuando sacó la mano, Matt se corrió hacía un lado y vomitó. Había perdido la borrachera, así que recibía su resaca. Un cliente se corrió de un salto, con un quejido.
Antena le palmeó la espalda a Matt, y ambos salieron para afuera. El calor del bar empezó a quedarse atrás; Antena dejó que la cabeza de Matt recuperara los sonidos del ambiente. Se subieron a un tranvía automático y descendieron por el centro. Matt miró por la ventanilla durante todo el trayecto, aun adormecido. Mientras tanto, Antena hablaba, explicándole que tenía que encontrarse con Polo y encontrar a un tal Xion Donning… y algo más. Por un lado, Matt no escuchaba, pero por el otro trataba de encontrarle algún sentido a todo eso. Tendrían que ir y golpear a alguien de nuevo. Polo y él ya habían hecho eso antes. Pero nunca tenía sentido a quien. Solían ser trabajadores normales, o a veces ni siquiera trabajadores; mendigos…
Pero a ellos no les correspondía hacer preguntas. De alguna manera, el Sr. Sonrisas nunca se equivocaba. Si es que siquiera existía. Todavía no lo habían visto nunca. Matt le había preguntado a Antena, con quien solía juntarse más seguido después de los trabajos, una o dos veces, si lo había visto, pero él tampoco lo había visto. Pero era claro que todo no se le podía ocurrir a Antenas, o a ninguno de los otros. Estaba demasiado coordinado. La forma en la que algunos trabajos eran grandes y otros pequeños, pero a fin de año la plata siempre había aumentado. La forma en que evadían a la policía o tenían control dentro de ella. Pero para eso estaban ahí. Para que la policía devolviera la jugada, para encontrar al Sr. Sonrisas.
Matt a veces pensaba en todo esto, en todas estas cosas que no entendía, pero no demasiado seguido. Polo pensaba en ello mucho más. Hasta creía entender quiénes eran las personas a quien golpeaban; “no serán nadie por si solos,” decía Polo. “Deben ser a quienes conocen. Deben tener familias poderosas, y cuando castigamos a estos fulanos en realidad estamos amenazando a esos otros. Familias. O conocidos. Por ahí conocen a polis. O a empresas. Da igual.” Pero las conexiones eran demasiado tenues. Para poder unir los cabos debían ponerse a investigar de en serio. Y no podrían hacer eso sin llamar la atención. Ya había sido bastante difícil que llegaran a trabajar juntos, que ponerlos como compañeros hubiera parecido una decisión natural, teniendo que entrar cada uno en la organización por su cuenta. Así que todo tomaba tiempo. No podían contactar a AECU. Matt ya había olvidado el rostro del capitán Ducrey. Solo esperaba que Ducrey no hubiese olvidado el suyo.
Cuando estaban por bajar, Matt notó que Antena había dejado de hablar en plural (lo que tienen que hacer es lo siguiente…) y se refería a él particularmente (ahora bien, escucha…). Es decir que era algo importante. Matt solo era bueno en prestar atención cuando algo se separaba de su patrón.
—Escucha… grandulón, con este tienen que ponerse las pilas. Ya se nos viene escapando. El jefe mandó al Trueno a buscarlo y al idiota se le escapó. Ósea que ya… para ahora, este Xion ya sabe que lo estamos buscando. Se va a estar escondiendo. Eso es una imagen horrible, ¿entendés? Porque mientras se está escondiendo, en cada momento, puede estar contando que se está escondiendo de nosotros, y eso es una mierda. Nos deja como unos boludos.
Sí, sí, asentía Matt… y el tranvía ya había llegado. Se bajó y El Antena lo despidió con una palmada. Mientras el tranvía empezaba a alejarse, y Antena ganaba distancia, Matt podía sentir como un poco de su borrachera volvía a él, como un efecto residual; pero sacudió la cabeza y se sacó la sensación de encima. Mientras empezó a dirigirse con Polo, su mente olvidó todas sus dudas, y solo deliberó sobre el trabajo, tratar de hacerlo rápido, lugares por donde podrían encontrar a Xion Donning.
Sabían los lugares por donde circulaba, los mismos por donde Trueno había entrado en estampida y había logrado que Xion saliera corriendo. Sí. Eso estaría bien. Pero se preguntó si Trueno estaría bien. Cagar un trabajo no le gustaba a nadie. Matt pensó si era posible que fueran a encontrarse con Trueno, tratando de terminar el trabajo por su cuenta y reparar su error, y concluyó que no era tan improbable. Polo no estaba mucho más lejos.
Matt se apretó el saco alrededor del cuerpo; el calor del bar muy lejano ya.








domingo, 26 de julio de 2015

1







Matt El Ladrillo se zampó otro vaso de etanol, que a través de las civilizaciones y los años luz nunca dejó de ser vendido. El Ladrillo tomaba hasta le pegase, aunque nunca llegaba a ponerlo de buen humor. No, tanto no. Su cuerpo resistía el alcohol muy bien. Matt se contentaba con poder olvidar donde estaba. Olvidar cuál era su nombre, de qué trabajaba… Total, ya había olvidado quien era hace mucho. Desde antes de que empezaran a trabajar con el señor Sonrisas. Desde que el capitán Ducrey les había dado la bienvenida en la policía de AECU, seguro. Matt pidió otro vaso. Sí, había empezado entonces. Recordaba cuando Ducrey les había dado un tour por la estación, y les había dado toda la charla de propaganda… que AECU proporcionaba energía a millones de habitantes; que AECU era una empresa positiva y con una mirada hacía al futuro, y así era como había logrado tener la fuerza de seguridad más grande del planeta, y si el centro estaba seguro tenía que ser gracias a AECU. Todo eso estaba muy bien.
Matt no dejaba de ver a su compañero, quien tomaba el tour con él. Ya les habían dicho que iban a ser compañeros. Eso era raro. Matt estaba bastante seguro de que los compañeros no se asignaban tan pronto. Y, además, ¿no solía uno ser más experimentado que el otro? Pero su compañero no lo era. Ambos eran nuevos. No dejaba de mirarlo. Encima, era humano… No, no. Eso era raro. Entonces se giró hacía el capitán, porque seguía hablando, pero algo era distinto. Su tono de voz había cambiado. Ya no les estaba dando propaganda. Estaba serio. Entonces les dijo que miren, no van a tener el mismo entrenamiento que los otros agentes. El tour justo había terminado en una sala vacía. Donde podían hablar en privado, dijo el capitán. Y les explicó que ellos dos iban a tener una misión particular. Ducrey les había explicado su misión, y Matt había mirado el rostro de su compañero mientras escuchaban. Ese rostro no le había gustado.
No, no podían tener el mismo régimen que los otros policías. Su trabajo era distinto al de todos los demás. Su entrenamiento seria preparado especialmente. Matt apenas podía sentirse un policía. A veces pensaba que no lo era. No paraba de hacerse la cabeza con eso. Los oficiales que los entrenaban, a él y a su compañero, no dejaban de repetirles que pensaran en la misión. Sí, trabajaban para una empresa; Administración de Energía en el Casco Urbano no se preocupaba por nada más que los intereses comerciales. Pero ellos, como oficiales, podían tomarse la libertad de pensar en lo que era correcto, quizá para hacer el trabajo más ameno. Alguno incluso tiro la palabra justicia una o dos veces. Debían recordar que estaban trabajando por lo que era correcto si querían mantenerse cuerdos. Eran buenos oficiales. No habían puesto a nada menos que los mejores para su adiestramiento. Debían aprenderlo todo. Debían aprender todos los códigos de los criminales para poder imitarlos. La jerga de las calles, la jerga de las bandas. Todos los códigos de la policía, para poder evitarlos. Debían aprender cómo actuar. Debían aprender cómo decir cosas con convicción aunque no creyeran en ellas, o aprender cuando alguien era lo suficientemente estúpido para creer lo que dijeran de cualquier manera. Hasta que Matt olvido cómo hablar normalmente. Olvido cómo hablar con Polo fuera del adiestramiento. Cuando llegaba a su departamento, no sabía qué poner en la tele. Se sentía perdido desde antes, y el trabajo no había sido la brújula que necesitaba. Pidió otro vaso de etanol.
No quedaba otra. No podían infiltrarse entre la gente de Sonrisas si ya se los había fichado como policías. Tenía que tratarse de alguien que no hubiera servido antes. Alguien moldeado desde el principio con ese fin. Que casi no fuera un policía. Matt no había pensado en sí mismo como uno desde hacía tiempo. Ahora tenía otro nombre. El Ladrillo, le decían. Estaba bien. Pero no era suficiente para darle una identidad, si cada vez que veía a Polo recordaba que esa identidad era falsa y eso daba igual a cero…
Había pasado mucho tiempo ya. Había hecho demasiado, demasiados crímenes, como para considerarse un policía. Tomó otro vaso. Quizá pronto le harían efecto y hasta olvidaría donde estaba, qué día era, qué eran esos puntitos brillantes en el cielo cuando era de noche y mirabas hacía arriba, como podía hacer en esa misma noche… A Matt nunca le costaba olvidar las colonias de donde había venido. Estaban atrás. Como todo sobre él. Sí, eso sería genial. Olvidar. Esa era una noche como tantas otras. Indistinta. Por un instante todo se volvió una bruma, y Matt solo pudo fijarse en el rumor de las conversaciones, el tintineo de un vaso golpeando contra la barra, el raspado del saco contra su piel, un saco que ya había perdido el color, y era demasiado caluroso para esa noche, y el aire viciado lo hacía sudar, y había un rastro de olor a orina que ya había llegado a relacionar con el olor del alcohol. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Entonces escuchó que lo llamaban.
Cuando se dio vuelta, el bar se había callado por completo. No había ni un sonido. Parado frente a él estaba Antena, que lo miraba con una sonrisa de agrandado.