Polo
solía hablarse a sí mismo en tercera persona. No lo hacía por egoísmo o
vanidad, sino como resultado de sentirse un intruso en su propio cuerpo, en su
propia vida. Los huecos de sus recuerdos formaban un rompecabezas que jamás
podía armar. Y al final solo suspiraba y prendía otro cigarrillo.
El
celular sonó y el que llamaba era Antena. Polo colgó tan pronto su superior
terminó de dar las instrucciones. Las mismas eran más que claras: el sujeto en
cuestión no podía estar fuera de las manos del Sr. Sonrisas ni siquiera una
noche más. Y Antena reveló un dato que no le confió a Matt: no importaba
demasiado si el corazón del fugitivo seguía latiendo al amanecer.
El
Reloj, apodo que Polo había ganado hacía menos de dos meses, se dirigió hasta su
cama y sacó su pistola de abajo de la almohada. Se vistió en un parpadeo y tomó
el ascensor hasta la planta baja.
Apenas
pudo aguantar hasta salir afuera para prender su vigésimo quinto cigarro del
día.
Dentro
su cabeza no pasaba demasiado nunca. Y si algo despertaba, su tabaco estaba ahí
para matarlo. Por el momento no tenía ninguna urgencia por descubrir qué
significaban esos huecos en su mente. Si bien le molestaban, no perdía su cabeza
en ello ni se cuestionaba su posición. Él solo actuaba. Y muy seguido olvidaba
que en realidad era un policía.
Aquel
día Xion Donning debía pagar por cosas que había hecho en su pasado. Aunque
Polo no tuviera ni la más remota idea de qué se tratasen. El humano ni siquiera
sabía la especie del tipo en cuestión. Supuso que esa información la sabría su
compañero de equipo. Antena había citado cómo punto de encuentro la primera esquina
de la zona roja del distrito. No era un lugar muy agradable para un picnic familiar,
pero a Polo le gustaba el aire que se respiraba. Era pesado y contaminado.
Hasta peligroso si estabas en los callejones equivocados. Además, cuándo Polo estaba
de visita por esas zonas nadie se había quejado nunca por el humo que exhalaba.
El
Reloj llegó tres minutos antes que El Ladrillo y encontró eso cómo la excusa perfecta
para prender otro cigarrillo. A pesar de la cantidad que fumaba, ni la persona
más cercana a él lo había escuchado toser alguna vez.
La
cara de Matt El ladrillo reflejaba las luces de neón de los negocios con un triste
rictus. Caminaba con los brazos cruzados sobre su saco y se acercaba a la esquina.
—Hey
—le dijo Polo, dejando salir el humo de su boca.
—Hey
—respondió Matt.
—Para
ser indestructible, te ves destrozado —rió Polo.
—Para
ser un boludo, lo haces bárbaro —contestó el boreano. Polo se quedo
mirando su rostro.
—¿Sabés?
Nunca me contaste demasiado de tu piel, de tu raza, de tu cultura. Creo que fuiste
el primer boreano que vi —dijo, tirando el cigarrillo lejos de él.
—Vos
tampoco me contaste demasiado. De hecho, jamás me contaste como te hiciste eso —respondió
Matt, señalando la prótesis robótica de su compañero.
—Desperté
del hipersueño con este brazo y con un papel. Eso es todo lo que sé. Y ese
mismo día te conocí.
—Polo
—dijo el boreano, cambiando el tema por completo—, quiero terminar con esto
rápido.
—Bien
—sentenció el humano, mientras lo miraba fijo a los ojos—, hagamos esto. ¿Por
dónde empezamos?
—¿Hablaste
con Antena? —preguntó Matt.
—Sí,
me llamó —respondió El Reloj.
—Entonces
ya sabes que él viene a estos antros con una frecuencia que raya el mal gusto.
—Sí,
Matt, sé todo. Lo único que no me nombro fue la especie.
—Es
un… —el boreano se llevó la mano al mentón, intentando recordar—. Mierda, no sé
qué especie es.
—Esto
es genial… —suspiró Polo—. El Antena haciendo de las suyas, ¿eh?
—Estoy
bastante seguro que nombró algo de una cicatriz en su cara. Y que Trueno
también está detrás de él —dijo Matt. Luego, un silencio incómodo llenó la conversación.
Sin
mucho que decir, los dos se metieron al primer bar a su izquierda, el de las luces
naranja que pedían un recambio a gritos. Polo cedió el paso a una pareja humana
cuándo abrió la puerta.
—Xion
Donning, que nombre ridículo —comentó Reloj.
—¿Ridículo?
Es solo un nombre —dijo Matt.
—Suena
a comida. A un restaurante. O a un karateca que murió hace más de seiscientos
años —rió Polo.
—¿De
verdad estás pensando en eso cuándo no tenemos ni una pista del objetivo? —preguntó
Matt.
—De
hecho, sí. Es un nombre ridículo.
—Polo,
no estoy de humor —dijo Matt, con un tono más que seco.
—Espero
que ver a ese tipo colgado te dé una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Colgado?
Sólo hay que atraparlo, Polo—aclaró el ladrillo y Polo se limitó a guardar silencio.
Prefirió obviar ese pequeño detalle con su compañero.
Levantaron
su vista y giraron las cabezas de izquierda a derecha de manera casi
sincronizada. Un choque de miradas fue suficiente para entender que el objetivo
no estaba ahí y que la noche podía ser larga. Muy larga.