viernes, 30 de octubre de 2015

5


—Son las fuerzas de La Dinastía —gruñó Polo—. Llamaron a la puta Dinastía.
Matt llevó su pistola a altura de sus hombros y quiso pasar a Polo.                     
—No hay chance de eso, grandulón —dijo el humano, poniendo su prótesis en el hombro del boreano—. No tenemos ni la más remota posibilidad.
El Ladrillo intentó decir algo; sin embargo decidió por callar. Sabía perfectamente como el etanol cambiaba su percepción de las cosas. No ignoraba que en esas situaciones Polo se volvía la conciencia que perdía por los vasos vacíos de los bares. No era la primera vez y tampoco la última que eso iba a pasar.
El humano levantó su brazo para indicar un pequeño callejón por donde podrían escabullirse sin tantos problemas. Un pequeño laberinto de cajas, basura y vidrios rotos los llevó hasta el lado opuesto de la manzana. Aun ahí las sirenas se sentían demasiado cerca y las luces insistían en rebotar en cada esquina y cada cristal de la cuadra.
Un extraño sentimiento empezó a dar vueltas en la cabeza de Polo tan rápido como salieron del callejón. Apuraron el paso al entrar en un segundo callejón para empezar a dirigirse hasta la fábrica. Matt se limitó a seguir los pasos apurados de Polo, quién no recordaba exactamente la dirección, pero creyó que encontrar una fábrica del tamaño de una manzana y tapada en óxido no debería ser difícil.
Las sirenas seguían merodeando en el aire de la madrugada, poniendo intranquilo al Ladrillo y volviendo paranoico a Polo. Tenía una pequeña corazonada de que el hecho de matar al familiar de Donning podía llegar a terminar costando muy, muy caro. Sentía que La Dinastía había sido invocada solamente para llenar de plomo a su cráneo. Barajó varios escenarios posibles mientras guiaba al alcoholizado Matt. Se vio a ellos mismo totalmente superados en número y armamento, y con un compañero incapaz de apuntar ni a un arcoíris. Imaginó a La Dinastía tendiéndoles una especie de emboscada dentro la fábrica, aunque prefirió descartarlo. Sonaba demasiado elaborado, pero en su cabeza la idea de que estaban exclusivamente tras ellos se asentó al pasar las cuadras.
—¿Es ahí? —inquirió el boreano, señalando el edificio. Polo hubiera jurado que aún faltaban unas cuadras.
—Sí, éste es el lugar.
Semejante lugar, corroído por la humedad y el tiempo, era difícil de pasar desapercibido. Aunque ni una sola luz salía de su interior, solo pequeños reflejos de la ciudad en sus cristales rotos. Polo seguía asegurando en su cabeza que todavía faltaba por lo menos medio kilómetro para llegar.
Decidió darle una fuerte palmada en la espalda a su compañero, intentando despabilarlo.
—Te necesito en una pieza, campeón —dijo Polo, dibujando una pequeña sonrisa forzada.
—Todavía puedo gatillar, tranquilo —dijo Matt con un aire que ahora rebosaba de confianza. Acompañó la frase con un pequeño ademán en su mano derecha. También intentó guiñar su ojo, pero solo logró un parpadeo descoordinado que el humano no vio.
La buena noticia era que las sirenas y las luces de la dinastía ahora parecían muy lejanas. El Reloj ahora estaba menos intranquilo. El Ladrillo ya se había olvidado de las sirenas.
Llevaban menos de un año trabajando con Sonrisas y volar cerraduras a balazos se había convertido en algo de todos los días. Y esa noche no fue la excepción. Se necesitaba poco más que un balazo en cada soporte y decir las palabras mágicas.
—Llegamos —susurró Polo.
La puerta se desplomó con una patada de Matt, haciendo que el estruendo retumbase por toda la fábrica en un eco que se tornó eterno. Matt se volteó a Polo con los ojos desorbitados, pensando que el primer paso ya había causado un desastre total. El humano tenía la mirada clavada en la oscuridad que venía desde dentro de la fábrica. Luego de un par de segundos notó lo que sucedía con su compañero.
—No nos escucharon. Este lugar es enorme —dijo el Reloj y Matt asintió.
—La pistola… —señaló Matt.
—¿La pistola?  —preguntó Polo.
—Sacala. Y cargala. De repente este lugar me da escalofríos.
Polo asintió, algo confundido por la nueva apariencia de su compañero. No habían pasado ni tres minutos desde que Matt se veía confiado como para ir frente a un ejército. Sin embargo, sabía a qué se refería. La oscuridad que salía de la fábrica no se parecía nada a donde vivían. Su ciudad llena de luces y reflejos. De movimiento, gente y publicidad. Nunca nada estaba quieto o realmente muerto. Ni siquiera el tío de Donning.
Ni en sus sueños más profundos habían visto una oscuridad tan negra como aquella.
Polo tomó la iniciativa y se adentró. Creía que esa oscuridad le recordaba al hipersueño y a su vida anterior al lavado de memoria. Como si antes ese tipo de oscuridad hubiese sido más usual. Aunque no pudiera recordar un solo nombre o lugar concreto. Algunos recuerdos danzaban en su cabeza, pero tan rápido como intentaba enfocarse en ellos, estos desaparecían. Era algo bastante frustrante, pero por alguna razón a Polo jamás le importó demasiado. 
Dentro de la fábrica no corría el viento. Se respiraba un aire encerrado; daba la sensación de estar respirando limaduras del metal corroído. Con la cantidad de tabaco que fumaba Polo, no le dio mayor importancia y apenas sintió el olor a encierro. Matt, en cambio, sufría bastante.
—Ésta mierda es inclusive peor que tus putos cigarros  —aseguró Matt.
—¿Tan preocupado te tienen tus pulmones? Se supone que sos una coraza con piernas —le dijo Polo.
 —Estoy empezando a creer que esos cigarros te están consumiendo el cerebro, humano. Es algo bastante simple de entender; son las varias capas de piel lo que me hace duro de matar. Capas que no existen en mis órganos internos —dijo El Ladrillo, llevando su brazo derecho hacía sus fosas nasales, intentando taparlas.
—Estoy seguro que sos más bien como una muñeca rusa —contestó Polo, girando la cabeza hacia donde pensaba que estaba Matt.
—¿Qué carajo es una muñeca rusa? —preguntó éste con un tono agresivo—. ¡Por favor! —exclamó—. ¿No tenemos algo para alumbrarnos? Esta puta fábrica me está sacando.
—Una muñeca rusa es… una muñeca que dentro de sí misma lleva varias versiones más pequeñas de ella misma  —dijo Polo mientras sacaba una pequeña linterna.
—Gracias —suspiró Matt—. Dejame decirte que te expresas para la mierda, humano.
—Perdón por no ser un escritor reconocido —contestó Polo, subiendo un poco el tono—. Y basta con esa mierda de decirme humano en modo despectivo, boreano —su tono ahora era firme. El Ladrillo no contestó.
Caminaron en silencio hasta encontrar lo que parecía la principal área de producción, una sala enorme con máquinas que correspondían a generaciones pasadas. Generaciones que brillaron más, que vivieron en paz y prosperidad.  Con mentes tranquilas y objetivos fijos.
Hoy hablar de conciencia era, tal vez, el único tabú.
Allí Polo notó cuán fuerte era el olor que llenaba el lugar. Pensó en prender un cigarrillo y llevó su mano derecha hasta su bolsillo, dónde sólo encontró vació.
—¿Qué hacían acá? —preguntó entonces.
—¿Estas máquinas? Parece tecnología shaler. Creería que fabricaban módulos de gravedad —respondió Matt.
—¿Para cruceros espaciales o los autos? —volvió a preguntar Polo.
—¿Cruceros espaciales? Necesitan un hangar del tamaño de la ciudad para hacer a esos bebes —rió su compañero—. Estos simplemente hacen que los autos se deslicen por el aire.
El humano se limitó a asentir y seguir recorriendo el lugar. Los minutos se llenaron sólo con el eco de sus pasos y nada ni nadie dijo presente. Pasado el cuarto de hora dando vueltas por el taller, Matt bufó.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Polo, girando la linterna hacia a la cara del boreano
—¿Escuchar? —dijo Matt, tapándose la cara—. Balbuceé algo porque estoy harto de esta mierda.
—No, no —negó el reloj—. Un golpe claro. Algo metálico —insistió.
Sobre el final de la frase de Polo, el ruido se repitió, aunque Matt no percibió nada. El boreano intentó activar las neuronas que todavía estaban adormecidas y logró escuchar la tercera repetición del aquel ruido. El humano buscaba en la oscuridad con su linterna.
—Viene de más arriba, es bastante claro —sentenció Matt.
—Ya sé —dijo su compañero sacudiendo la cabeza—, pero desde que llegamos no vi una puta escalera. —El ruido se volvió a sentir sobre el fin de la frase.
Los sonidos metálicos se escucharon dos veces más y la última fue acompañada por un estruendo diferente y mucho más fuerte que los de antes. Para ese momento los dos socios se encontraban subiendo unas escaleras que Matt había encontrado.
—Hay voces —comentó El Ladrillo.
—Son gritos —precisó El Reloj.
Cinco pisos más arriba se encontraron con el lugar de donde provenía el escándalo. Polo apagó la linterna y concentró sus manos en enfundar su arma. Matt ya tenía la suya lista.
Una luz salía desde un salón a treinta metros. Los gritos rebotaban por todos lados, pero era claro que debían acercarse a la luz. La puerta de metal había sido derribada y, antes de que llegaran a ella, la sangre se hizo presente fluyendo por el piso.
El Trueno, de origen shaler al igual que la tecnología de la fábrica, hacía fama a su nombre. Con su velocidad no había dejado que los hombres de Donning siquiera sacaran sus armas, y ahora sus cuerpos se agolpaban en el cuarto frente a él. Estaba escondido detrás de una pared, esperando su próxima chance. Llevaba una pistola enorme con un silenciador acorde al tamaño del arma.
Lo que alguna vez había sido la oficina del CEO daba pie a un par de cadáveres. Sobre ellos se apoyaba un humano, una de las fuentes de los gritos. Sus alaridos no eran los únicos, pero sí los más estremecedores. Gritaba exclusivamente de dolor y desesperación; jamás lograba modular algo parecido a una palabra. Tenía un balazo en el hombro; Polo no sintió empatía.
Donning defendía su única chance de volver a ver el amanecer con un subfusil en la mano. Disparaba a quemarropa y con miedo; disparaba sus últimas balas.
El Trueno escuchó algo y levantó su cabeza para enfrentarse a las posibles amenazas. Eran Matt y Polo.
Inteligentemente, eligió apuntar al humano de piel fina en vez de al boreano y disparó. El tiro pasó muy cerca de su objetivo, rozando el ojo derecho de Polo.
Matt rodeó a su colega en sus brazos y se deslizó hasta detrás de una especie de barra de madera, que en realidad era algún material brillante. Rápidamente revisó a su compañero y confirmó que el tiro realmente había fallado.
Mientras, Donning recargaba gracias la pequeña distracción causada entre un mismo bando; distracción que le permitía seguir intentar sobreviviendo.

jueves, 13 de agosto de 2015

4



Matt y Polo terminaban sus bebidas en el cuarto bar de la noche. Polo había pedido un trago con hielo, pero Matt había ordenado otro vaso puro; su biología no le permitía sentir nada con algo más suave. Vació el vaso y lo dejó sobre el mostrador; entonces pidió otro. Luego pidió dos más. Polo, que ya había sentido el aliento emborrachado de Matt cuando se habían encontrado, lo miraba con un pucho. Él no había pedido más que un trago. Sí pedían un vaso por cada bar al que visitaban, ya sería demasiado. Matt no parecía fijarse en eso. Pero Polo miraba sin decir nada, aspiró el cigarro y dejó que el humo saliera en la cara de Matt. El boreano se giró molesto, dejó el etanol y pagó la cuenta.
—Vamos. Hora de irnos —le dijo a Polo, y ambos salieron por la puerta de atrás.
Empezaron a caminar por el callejón, ya sin muchas ideas. Si ese Xion estaba escondiéndose, no iba a estar paseando por los bares por donde se lo conocía. Polo aspiró profundo y dejó salir otra nube de humo negro. Matt lo miro irritado.
—Pará con esa mierda —dijo.
—¿Qué mierda? —pregunto Polo.
—Esa —dijo Matt, y señaló hacía el pucho de Polo. El humano le levantó las cejas como si no pudiera creer el reclamo que estaba oyendo.
—¿Qué te molesta, gordo? Si a vos el humo no te hace nada.
—No sabes…
—No puede ser que te haga nada, vamos.
—¡No! ¡Ese humo de mierda va directo a tus pulmones! Mi piel no va a ayudarme contra eso —bramó Matt, sacudiendo el dedo frente a la cara de Polo—. Fumas en la calle, y hasta tenes que fumar adentro de los bares… Y dentro de tu casa…
El humano permaneció tranquilo, sobrio, y exhaló su humo sobre el dedo del boreano. Entonces Matt se hartó y le sacó el cigarrillo de una palmada.
Polo lo miró con los ojos bien abiertos. Movió su brazo derecho y le paró la mano a Matt. El boreano trató de zafarse, pero esa era la prótesis de Polo. Matt no se movió a ningún lado. Entonces Matt abrió los ojos.
—Ya sé cómo encontrar a Xion Donning.
Polo centró su atención, soltando a Matt, y ambos olvidaron la discusión en un instante.
—Su casa. Su residencia tiene que estar registrada —explico Matt—. Solamente tenemos que buscarlo en el registro por su nombre y tendría que soltar una dirección…
—Para —dijo Polo, que parecía estar considerándolo—. ¿Qué registro?
—¿Qué registro va a ser? —dijo Matt, encogiéndose de hombros.
—¿El de AECU?
—Es al que podríamos acceder.
—Estás loco —dijo Polo, sacudiendo la cabeza en negación—. Cada conexión queda registrada. Sonrisas se enteraría.
—Pero lo haríamos con nuestros nombres reales…
—Peor aún. Le estaríamos diciendo a Sonrisas quienes somos. Él sabría que lo hacemos nosotros —dijo Polo.
—¿Cómo? —pregunto Matt.
—Sonrisas sabría.
—¡Bien! —bufó Matt, levantando los brazos los al aire—. Entonces no hacemos un carajo. Perfecto.
Polo se metió una mano en un bolsillo, buscando más cigarrillos. No parecía encontrar nada, pero revolvía la mano de todas maneras.
—No, ¿no? —Siguió Matt—. Eso no suena como tan buena idea. Pues yo voy a hacerlo igual. Entramos por una cabina pública y listo.
Polo no respondió nada, cansado y con migraña. Levantó la mirada al cielo, pero no vio más que negrura. Debía ser la hora más oscura de la madrugada. Matt ya estaba alejándose por el restaurante, sin esperarlo. Polo se puso en marcha sin apuro alguno.
No les tomó mucho encontrar una cabina, a unas pocas cuadras. Matt accedió su nombre y entró al servidor de la AECU. Polo lo miraba con cara de pocos amigos. No entendés, pensaba Matt. No entendés que esto es importante. Vos le ibas a decir que no a la idea, yo sabía que le ibas a decir que no, porque ya ni consideras a Administración. Estoy seguro. Ya ni recordás que sos un policía… Si no entramos cada algún tiempo, cada un par de meses, ¿Cómo recordamos lo que somos…? ¿Cómo nos lo probamos a nosotros mismos, más que comprobando que nuestra contraseña sigue funcionando?
Busco el nombre de Xion Donning y encontró una dirección. No era de Xion Donning, pero el propietario también se apellidaba Donning. Ya era algo. Se la dictó a Polo una sola vez, y sabía que Polo la iba a recordar. Todo listo. Entonces se le ocurrió algo más. La idea le cruzó la mente por un segundo. Podía mandarle un mensaje al capitán. Podía abrir un archivo, y empezar a adjuntar los ficheros de los trabajos que habían estado haciendo para Sonrisas. No era algo que podría lograr en esos momentos, con Polo apurándolo. Quizá podía hacerlo a través de varios días. Ir adjuntando todo y ayudar al capitán a que uniera las piezas. Porque ellos estaban demasiado cerca para verlo. Demasiado cerca.
—¿Matt? —preguntó Polo.
 El boreano se giró hacía él. Estaba respirando por la boca y formaba pequeñas nubes blancas.
—Sí. Sí. Vámonos.
Caminó hasta estar junto a Polo, y se pusieron en marcha. La dirección no estaba muy lejos. Pero estaban adentrándose en el centro. Los edificios de departamentos se hacían más altos, las calles más anchas y vacías. Acortaron camino por un estacionamiento abandonado, y al doblar en la esquina ya pudieron ver la casa. Era chiquita, apretada entre las otras casas. Matt y Polo caminaron hasta la esquina y se miraron.
—Esta no era la casa de Xion, ¿no? —pregunto Polo.
—No. Está a nombre de un tal Yon. Quizá sea la casa de la familia… Entonces, ¿tocamos timbre?
—Tienen que haber notado que papi está pasando demasiadas horas en casa sin ir para un bar… —Comentó Polo.
—O sea que tienen que saber que anda metido en un lío —dijo Matt.
—O sea que podríamos asustarlos. —Polo dio un paso adelante—. La puerta es muy estrecha. Debe llevar a un pasillo antes de la casa.
—No la tiramos abajo, entonces. Tocamos timbre, será.
El boreano hizo sonar el timbre, y les respondieron en un instante.
¿Quién es?
Ninguno respondió. Dejaron que el hablante escuchara su silencio y el ruido de la calle, y que eso dijera suficiente. Matt y Polo escucharon su respiración agitada por el otro lado del micrófono, y pronto colgó.
Empezaron escuchar movimiento dentro de la casa; sonidos que parecían a cierta distancia. Polo había tenido razón; había un pasillo del otro lado de la puerta. Pronto aparecieron pasos, y un humano camino hacía ellos con paso apurado.
Llegó hasta la puerta, pero en vez de abrirles apoyó la cara contra ella.
—Por favor —dijo—. Por favor. Váyanse.
—¿Xion Donning? —preguntó Matt.
—No… Soy… Soy el tío, pero por favor… No está acá, acá solamente está mi familia, y no queremos…
—¿Dónde está? —pregunto Matt, conciso. Polo dejaba que el boreano hablara con calma.
—Eh… no sé. —Dijo el hombre del otro lado de la puerta, y solo por la pausa Matt supo que estaba mintiendo, como les habían enseñado en la academia.
—¿Dónde está?
—¿No pueden dejarnos en paz? ¿Por favor?
—No —dijo Matt, y el humano dejó de titubear.
Se escuchó un clic en la puerta, que se abrió en un movimiento. El humano esperaba del otro lado, pistola en mano. Matt se movió en frente de Polo, cubriéndolo, y recibió el tiro. Entonces irrumpió en la casa, estirando su mano y levantando al humano por los aires con la sacudida. El Ladrillo avanzó contra él, apretándolo contra la pared de piedra. El hombre cayó al suelo como un trapo viejo y dejó un hilo de sangre sobre él.
Ahora Polo también había entrado. El humano miraba a los asesinos con incredulidad, sin darse cuenta de lo que había pasado, sin poder entender que estuviera viéndolos delante de las paredes de su casa, las paredes que había visto tantas veces en su vida. Polo ni se gastaba en mirarlo. En cambio se fijaba en Matt; en lo que acababa de hacer. Ese Donning estaba casi muerto. No había estado mal.
—Entonces, ¿dónde está? —bramó Matt, agazapándose contra el hombre moribundo.
Este intento sacar algunas palabras de su boca, lo intentó un par de veces más, y entonces pudo modular una palabra. Y luego otra. Empezó a dar una dirección. Ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía. Le habían hecho una pregunta, así que estaba respondiéndola. Ni siquiera pensaba en eso. Por sus ojos caían lágrimas, pues pensaba en la familia que lo esperaba adentro. Les había dicho que esperaran. Aunque escucharan ruidos fuertes. Ahora ya no los iba a ver más. No iba a poder volver adentro.
Polo sacó su pistola y terminó con los balbuceos de ese tipo. Yon Donning no dijo una palabra más.
—Bien —suspiró—. Ya tenemos una dirección.
—La ferretería abandonada, eh… ¿Dónde queda eso? —pregunto Matt. Bajo ellos, el cadáver soltaba sangre sin cansancio.
—Me parece que es un lugar medio conocido en este barrio —dijo Polo.
Dieron unos pasos atrás, salieron de la casa, y se encontraron con que la calle se había vuelto un escándalo. Los disparos habían sido bastante elocuentes, y una multitud de vecinos habían salido a sus ventanas, mirando la escena de la puerta abierta. Varios los abucheaban, y gritaban el nombre de Xion.
—Parece que en este barrio se conocen —murmuró Matt, sin darle mucha importancia.
Polo los miró con desagrado. Ninguno se animaba a salir a una ventana más cerca del suelo.
—Cuánto ruido. Me parece que todos compartían el secreto de que Xion se está quedando en esa fábrica. Con todo este ruido me parece que hasta El Trueno va a enterarse.
Empezaron a caminar por la calle, ignorando a las voces que les gritaban, cuando una botella voló por los aires. Cayó sobre el rostro de Matt, partiéndose en mil pedazos y haciéndolo arquearse hacia abajo.
—La puta madre… —El boreano se llevó una mano a la cara, aunque no salía sangre de ella.
—Carajo. ¿Estás bien? —le pregunto Polo, y Matt asintió. Metió la mano dentro de su chaqueta, y cuando la saco estaba mostrando su pistola. Ahora los gritos se habían callado.
Matt empezó a reírse, desestabilizado por el alcohol, ante la situación. Una risa débil, irregular, pero que podía crecer a algo más. Pero las especies que vivían en las profundidades del centro no se habían callado por su pistola; no era la primera que veían. Habían hecho silencio por las luces que se acercaban calle arriba.
—Carajo —repitió Polo, y agarró la chaqueta de Matt para arrastrarlo con él. Corrieron hasta llegar a la esquina, y se escondieron contra la pared. Ahora también podían oírse las bocinas. Se acercaban rápido.
—¿Qué…? ¿Qué es? —pregunto Matt, drogado de adrenalina. Se acercaba la policía, eso estaba claro, pero—... ¿Quiénes son? ¿Son…?
—No… —Polo sacudió la cabeza, grave—. No son AECU.